May 31, 2007
De recuerdos y añoranzas…
Desde que leí a Milan Kundera, encontré una extraña afición. Podría decirse que hasta un poco macabra. Hay algo en los panteones que me llama la atención. Me llama mucho la atención la manera en que la gente decide permanecer después de haberse ido. La forma en que hemos aprendido a despedirnos y a recordar. Cada sociedad, cada cultura, lo hace de manera distinta. Desde que leí a Kundera, me hice conciente de eso cuando uno de sus maravillosos personajes, Sabrina, habla del temor a que un día, le pongan una lápida encima… como si no quisieran que regresara después de que se hubiera ido. Cómo para mantenerla bajo tierra. Cómo para no dejarla salir. De su encierro, de su partida, de su desconocida dimensión.
Cuando estuve de visita por Edimburgo, me fascinó la manera en que el panteón parecía un jardín. Sólo marcando los lugares, con pequeños ramos de flores y algunos con una cruz. Luego estuve investigando como eran los cementerios belgas y encontré una tradición que a mi parecer es sumamente siniestra o al menos a mí, me dio miedo… ya que no sólo ponen lápidas enormes en cada recuerdo, sino que en casi todas, ponen la foto de quien ahí se recuerda. Hay fotos viejísimas. Y algunas, muy tristes. Después por casualidad, encontramos en Stratford-upon-Avon, pueblito de donde Shakespeare era originario y lugar que visitamos mi Gallito y yo el año pasado, bueno pues ahí encontramos que rodeando una iglesia muy bonita, en un jardín bordeado por un lago, había cruces. Y sí, después de acercarme a ver que era… descubrí que también eran tumbas. Discretas, pequeñitas y algunas apenas visibles. Sin previo aviso, estaban sólo ahí, rodeando la iglesia. Me pareció de lo más interesante. La manera en que cada cultura aprende cómo enterrar a su gente y despedirla y recordarla.
Y bien… esta manía bizarra mía, pocas veces confesada, encontró un revés espantoso hace poco más de un mes. Ha sido una de las experiencias que han generado una de las impresiones más fuertes en mi imaginario personal, si no es que la más fuerte. El sonido de las cuerdas bajando la caja. Las lozas que se colocan después. La tierra cayendo. Se me enchina la piel de recordarlo. Nadie debería tener que pasar por esa experiencia. De ver partir tan lentamente a alguien a quien amas. Es derrumbante de toda inexplicable fortaleza. Al final, el lugar para recordar a mi papá quedó cubierto de pasto y con una pequeña inscripción, un par de floreros de alguna roca blanca y una cruz.
Y sí que suena extraño leer lo que acabo de escribir. A ratos, pienso mucho en la muerte y en sus significados. Para los que nos quedamos. No tengo muchas conclusiones que compartir o que plasmar para no olvidar. Sólo sé que el día que me toque partir, quisiera ser recordada en un lugar que florezca, que renazca y que no tenga ni paredes, ni lozas, ni rocas blancas.
Filed by achaidez at 9:50 am under al vacío
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