De recuerdos y añoranzas…

Desde que leí a Milan Kundera, encontré una extraña afición. Podría decirse que hasta un poco macabra. Hay algo en los panteones que me llama la atención. Me llama mucho la atención la manera en que la gente decide permanecer después de haberse ido. La forma en que hemos aprendido a despedirnos y a recordar. Cada sociedad, cada cultura, lo hace de manera distinta. Desde que leí a Kundera, me hice conciente de eso cuando uno de sus maravillosos personajes, Sabrina, habla del temor a que un día, le pongan una lápida encima… como si no quisieran que regresara después de que se hubiera ido. Cómo para mantenerla bajo tierra. Cómo para no dejarla salir. De su encierro, de su partida, de su desconocida dimensión.

Cuando estuve de visita por Edimburgo, me fascinó la manera en que el panteón parecía un jardín. Sólo marcando los lugares, con pequeños ramos de flores y algunos con una cruz. Luego estuve investigando como eran los cementerios belgas y encontré una tradición que a mi parecer es sumamente siniestra o al menos a mí, me dio miedo… ya que no sólo ponen lápidas enormes en cada recuerdo, sino que en casi todas, ponen la foto de quien ahí se recuerda. Hay fotos viejísimas. Y algunas, muy tristes. Después por casualidad, encontramos en Stratford-upon-Avon, pueblito de donde Shakespeare era originario y lugar que visitamos mi Gallito y yo el año pasado, bueno pues ahí encontramos que rodeando una iglesia muy bonita, en un jardín bordeado por un lago, había cruces. Y sí, después de acercarme a ver que era… descubrí que también eran tumbas. Discretas, pequeñitas y algunas apenas visibles. Sin previo aviso, estaban sólo ahí, rodeando la iglesia. Me pareció de lo más interesante. La manera en que cada cultura aprende cómo enterrar a su gente y despedirla y recordarla.

Y bien… esta manía bizarra mía, pocas veces confesada, encontró un revés espantoso hace poco más de un mes. Ha sido una de las experiencias que han generado una de las impresiones más fuertes en mi imaginario personal, si no es que la más fuerte. El sonido de las cuerdas bajando la caja. Las lozas que se colocan después. La tierra cayendo. Se me enchina la piel de recordarlo. Nadie debería tener que pasar por esa experiencia. De ver partir tan lentamente a alguien a quien amas. Es derrumbante de toda inexplicable fortaleza.  Al final, el lugar para recordar a mi papá quedó cubierto de pasto y con una pequeña inscripción, un par de floreros de alguna roca blanca y una cruz.

Y sí que suena extraño leer lo que acabo de escribir. A ratos, pienso mucho en la muerte y en sus significados. Para los que nos quedamos. No tengo muchas conclusiones que compartir o que plasmar para no olvidar. Sólo sé que el día que me toque partir, quisiera ser recordada en un lugar que florezca, que renazca y que no tenga ni paredes, ni lozas, ni rocas blancas.

Nutella rules!

A ratos me gana la desesperación non-laboral. Me estresa no encontrar nada aún. Luego me siento trabajando para nadie y para nada en mi afán de cerrar bien el circulo de la consultoría, que parece no interesar a sus originales promotores. Y luego me frustra no saber bien por donde seguirle al voluntariado, o al curso autodidacta de neerlandés que me encontré, producto de la frustración de no entender lo que dicen en las calles. Y me encierro en un mutismo no propio de mi naturaleza. Así que he llenado la casa de papelitos en neerlandés con los nombres de las cosas. Y entonces la nostalgia me gana o se me atora la chipilez por la garganta. Y extraño sentimiento me gana cuando no entiendo como ayudar. Y me escondo un rato. Pero si mi escondite favorito no está disponible, es entonces que una crepa de nutella, no tiene igual. Es un hecho. Nutella rules!!!

Qué frágil es la vida.

Qué fácil saberlo.

Qué difícil entenderlo.

A veces, los conceptos no me hacen sentido.

Te extraño, papá.

El debate migratorio

La migración tiene muchos matices. Sin duda en México el que más apreciamos es el de los que huyen de la pobreza y la falta de oportunidades en las comunidades rurales y que intentan mil y un veces cruzar la frontera con Estados Unidos– hasta que lo logran — para allegarse de oportunidades que les permitan dar de comer a sus familias y un poco más. Sin embargo, en México no vivimos la llegada masiva de migrantes que vayan a quedarse, sólo los que van de paso. Somos más un Estado puente y expulsor, que un Estado receptor. Por supuesto que eso influye en la forma en que se aprecia, valora o atiende al fenómeno migratorio.

Pues bien, ahora me ha tocado estar del otro lado. Vivo en un país que, contrario a mis propias expectativas, tiene un fuerte problema migratorio. Y me he convertido en una migrante también. Hoy leía en las noticias locales que Bélgica, un país con una población estimada de 10 millones de personas, tiene poco más de 1,500,000 migrantes. La proporción no es sólo alta, sino muy evidente en las calles. Al estar arreglando mis papeles de la visa para poder venir, no entendía porqué tantas trabas y retrasos. Sólo asentía con mis amigos cuando decíamos “pues porqué tanto rollo, ¿quien quiere irse a vivir a Bélgica?” y para mi sorpresa, muchos muchos más de los que yo misma creía, quieren vivir aquí. Ni para que contarles de la cantidad de ilegales que hay.

En Amberes (o Antwerpen, según el dialecto local que todavía no ladro) vivimos en una zona de turcos. Y cuando digo de turcos, es literal. Todavía recuerdo como no pude contener la carcajada el día que Gallo me dijo mientras caminabamos por la zona, que era “un poquito turca.” Sólo un poquito rodeada de panaderías y carnicerías turcas. Sólo un poquito de mujeres con la cabeza tapada (casi todas). Sólo un poquito de sonidos turcos en la calle (casi no se escucha el neerlandés). Pero bueno, independientemente de la descripción de la zona, no dejan de sorprenderme varias cosas: que no es ni de lejos, la única zona turca en la ciudad. Que los marroquíes sean la primera minoría en el país. Que también hay una población de portugueses y polacos muy grande. Que los latinos en general, no somos pocos. Y curiosamente, las zonas de locales, son sumamente notorias. Los pueblos de los alrededores que son netamente belgas, incluso tienen problemas para integrar a la gente que también belga, no nació ahí. Pero por lo que he escuchado, es común que contraten a trabajadoras domésticas de cualquiera de las nacionalidades inmigrantes.

A lo que voy con este relato es a que he estado pensando más en la práctica que en la teoría. ¿Cómo integrar a una proporción tan alta de migrantes? ¿Cómo absorberlos o respetar sus tradiciones? ¿Cómo evitar los roces entre culturas, entre idiomas, entre ideas? Es ahí cuando entiende uno — que jamás justificarlo– el surgimiento de manifestaciones de discriminación, o de grupos de extrema derecha, como lo es en esta ciudad el Vlaams Belang, que te deja folletitos bajo la puerta con propaganda en contra de las tradiciones musulmanas sobre como cortar y consumir carne de cordero, por ejemplo. Incluso el año pasado hubo un par de casos mucho más rudos: la niñera con un bebé en brazos que por ser de color obscuro fue baleada o el marroquí que mataron en el metro para quitarle su ipod. ¿Cómo lidiar con esos roces tan fuertes? ¿Cómo encontrar el punto medio cuando tienes tanta movilidad de extranjeros y a los países vecinos les pasa igual? Respetar e integrar no debieran sonar como opuestos dentro del debate migratorio. Pero a veces, esa es la impresión que queda. Yo no puedo quejarme todavía. Mi integración está siendo paulatina y tengo la ventaja de que Gallo ya conoce gente y tiene amigos. Aún así, falta que empiece a desenvolverme sola también. En fin…ya les iré contando como me voy adaptando al lugar.

Sabines siempre tiene la mejor respuesta…

… y yo me sigo declarando su fan absoluta!! He aquí la mejor definición de la ideología de este espacio mío… cualquiera que venga a atentar contra ella, por favor, absténgase…

No quiero convencer a nadie de nada. Tratar de
convencer a otra persona es indecoroso, es atentar contra
su libertad de pensar o creer o de hacer lo que le dé la
gana. Yo quiero sólo enseñar, dar a conocer, mostrar, no
demostrar. Que cada uno llegue a la verdad por sus propios
pasos, y que nadie le llame equivocado o limitado. (¡Quién
es quién para decir “esto es así”, si la historia de la
humanidad no es más que una historia de contradicciones y
de tanteos y de búsquedas?)

Si a alguien he de convencer algún día, ese alguien ha de
ser yo mismo. Convencerme de que no vale la pena llorar, ni
afligirse, ni pensar en la muerte. “La vejez, la enfermedad
y la muerte”, de Buda, no son más que la muerte, y la muerte
es inevitable. Tan inevitable como el nacimiento.

Lo bueno es vivir del mejor modo posible. Peleando, lastimando,
acariciando, soñando. (¡Pero siempre se vive del mejor modo
posible!)

Mientras yo no pueda respirar bajo el agua, o volar (pero de
verdad volar, yo solo, con mis brazos), tendrá que gustarme
caminar sobre la tierra, y ser hombre, no pez ni ave.

No tengo ningún deseo que me digan que la luna es diferente
a mis sueños.

Jaime Sabines

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