Tengo varios días trabajando de nuevo. Un proyecto lidereado por Miguel Sarre, quien fuera mi jefe hace algunos años. Un proyecto interesantísimo en términos de derechos humanos en general y de acceso a la justicia, derechos dentro de los procesos penales y similares en particular. Es un proyecto que tal vez sea muy para abogados, pero por alguna razón creyeron que yo podía aportar algo interesante. Y ha sido sin duda muy enriquecedor y no tiene más de dos semanas en gestación.
Como hace mucho no me sentía, hoy me siento frente a un reto profesional enorme. Me siento frente a la computadora y trato de entender por donde queremos armar el siguiente apartado, cómo forjarlo, qué ideas deberían reflejarse, donde buscar, quién y donde se han hecho cosas o se ha opinado al respecto. Es un reto que todavía no sé de qué manera voy a resolver; pero sí sé que me entusiasma, me motiva y me gusta. Sin embargo, sigue siendo complicado entender asuntos técnicos, términos legales, interpretaciones posibles, que si el legislador esto o aquello… que si los bienes tutelados o que si los tipos vagabundos…. Implica la decisión de meterme mucho más a estudiar cosas que nunca he estudiado sobre derecho penal y que la neta, a veces me dan miedo.
Uno de los mayores retos, sin embargo, no está en el proyecto mismo. Está en la percepción de los derechos humanos que veo reflejada en la gente que me rodea. En comentarios en ideas, en formas de pensar en los derechos humanos como un estorbo, como un lujo, como algo totalmente accesorio e innecesario…. a menos de que en realidad se trate de un caso para el Alarma, la gente en general, lo ve como algo lejano. Y no deja de llamarme la atención esto último: ¿Porqué percibimos los derechos humanos como algo ajeno a nuestro mundo? Siempre pensamos, como decía la Sandía, que como “somos buenos” eso tan feo que dicen que pasa, no nos va a pasar nunca. Que nunca nos van a negar el acceso a un abogado. Que nunca nos van a dejar incomunicados. Que nunca nos van a condenar antes de juzgarnos. Y a nadie se lo deseo. Pero hoy confirmo, a través de lo poco que lleva avanzado este proyecto enorme del que soy parte, que deseo que las cosas cambien. Que sigo creyendo firmemente en la dignidad del ser humano y en la obligación de respetarla. Que a pesar de mis cambios internos, de mis cambios geográficos, de mis cambios académicos, de mis cambios laborales… sigo en la misma sintonía. Y esto es por lo que quiero trabajar.