A veces, los extraños pueden hacerte el día. Con una palabra, una sonrisa, con amabilidad. El primer encuentro del día ocurrió en el Correo Mayor. Estaba parada con mil ocho mil invitaciones a-evento-nupcial que requerían de estampilla para llegar a sus destinos. Empecé a meter una por una al buzón, como contándolas, como dejándolas ir. Se me acercan entonces un grupito de tres niñas como de 7 u 8 años.
–¿Qué haces? ”
-Estoy mandando cartas
– ¿Y para quien son?
- Para mi familia.
– Tienes una familia muy grande, ¿verdad?
- Si, mucho.
– Y ¿no te cansas de escribirles a todos cartas tan largas?
(aquí no pude contener la sonrisa)
- No, porque son invitaciones para mi boda.
–¡¡ Te vas a casar!!!
- Si
– ¡¡FELICIDADES!! (gritaron las tres al mismo tiempo)
- Gracias!!
En eso llegó la maestra del grupo con el que venían. Se despidieron eufóricas y entre gritos de “Felicidades!!!” y esa carita de emoción que ponen los niños cuando realmente algo les sorpende. Salí con el corazón sonriente.
Más tarde, después de un laaargo día de recorridos en el metro, me subí de nuevo a dicho medio de transporte para emprender el camino de regreso. Chale. Se me olvidó la hora pico y le atiné con todas sus fuerzas. No sólo estaba hasta el mismísimo keke, sino que ya no cabía NADA ni NADIE en los vagones. Nunca me había sentido sardina humana. Aunque confieso que como iba con buena actitud, me empecé a reír. Así que de repente, cuando en Balderas se abre la puerta y de alguna manera milagrosa se rompen las leyes de la física y un gordito consigue entrar al vagón… un señor como de 70 años al que casi embarro contra el tubo del metro me empieza a hacer la plática.
–Señorita no me despeine, que no ve que vengo todo guapo (el señor era pelón)
- Discúlpeme, no pude evitarlo
– Bueno pero es que esta gente todavía no se acomoda bien en el techo
-JAJAJa tiene razón señor. Que hacemos?
– Nada, bajarnos todos
-Pues sí.
Se libera un asiento de manera milagrosa y el señor se rehusó a aceptar el asiento y me pidió varias veces que me sentara, hasta que acepté. Si, soy una suertudota. Iba platicando con una muchacha, el señor y me seguía haciendo la plática también. Antes de bajarse voltéa y dice:
– Bueno pues ya no la voy a volver a ver, así que mucha suerte en la vida señorita. Que le vaya a usted muy bien.
Vaya que es lindo mi México querido. Apesar de que el día fue largo y pesado, pareciera que hay en algunos rincones algunos extraños esperando su turno para funcionar, para alivianarte, para sacarte una sonrisa. Lo que a veces los conocidos no logran hacer o se les olvida o no tienen tiempo… para regalarte un minuto sincero, una palabra o una sonrisa sin pensarlo, sin nada detrás. Extraños son los extraños que habitan esta ciudad. Me encanta