Escribir una tesis de nuevo es la encomienda para la que quedan los días que más o menos conforman un mes. Todos mis argumentos tienen sentido cuando me siento a escribir. Pero cuando leo lo que plasmé, cuando releo algún texto o cuando retomo alguna nota… parece que lo pierden, que carece de cabezas, de pies y de cuerpo. A veces no sé si me va a alcanzar el espacio, o si voy en realidad a tener tanto que decir como para llenar las 10,000 palabras. Que loco… todo da vueltas. Dos años y cachito ha, que escribí la tesis de la licenciatura… ja… creo que si la leyera ahorita le encontraría mil ocho mil errores que no le vi cuando la escribí. Entre esa de antes y esta de hoy, veo dos diferencias fundamentales: el espacio que dispongo para escribir y la supervisión a la que tengo acceso. Del primer tema hay poco que decir, salvo que siempre me ha encantado explayarme y cuando encuentro algo que decir… me cuesta mucho trabajo limitar mi expresividad. Del segundo, hay mucho más que comentar. Mi supervisor en el ITAM merece palmas, de pie y una ovación. Mi supervisora en este país de la eterna llovizna deja todo que desear… tanto que en estos momentos, carezco de cualquier tipo de apoyo, supervisión o revisión. Así que siento que voy caminando al matadero, con los ojos tapados y ni siquiera sé si tomé el camino correcto. Vaya. Quisiera convencerme de que la investigación que intento construir es relevante, que trae resultados convincentes y útiles a la actividad pública. Quisiera convencerme de que toda esta teoría y sus derivaciones van a ayudarme a definir algo, a encontrar algo, a aportar algo. Y aunque hay días en que lo creo, hay otros en que no estoy tan segura…Y claro que siempre está la pregunta al final de la divagación tesística… y luego ¿qué? ¿qué sigue? ¿a dónde voy? y esta pregunta me lleva irremediablemente a cuestionarme si elegí la maestría correcta. Porque mis expectativas eran muy distintas cuando llegué. Pregunto y me respondo que en efecto, he aprendido un montón, mucho más de todo este relajo de tropezones y de golpes bajos a mi ego académico. Sólo me sigo preguntando si me hubiera hecho más feliz otro programa, o si lo que tanto me ha costado no fue el programa, sino todo el contexto y adaptarme al mismo.
Este se ha perfilado, en mi escala personal, como uno de los mejores años de mi vida. Con todas las quejas que he vertido en este espacio, con todos los dolores de cabeza, las lágrimas, los saltos de emoción, de angustia, o de alegría; con todos los no-entiendo y los yeeii-ya-entendí; con toda la diversidad de ideas, de paradigmas y de rutas nuevas. El mood en el que me hallo en este momento es en el de sorpresa por la velocidad con que un año se me ha ido de las manos. Es el mood del que no cree que le toca cerrar el ciclo, con un empujón más (bueeeeno… que el empujón será más bien como madrazo bien dado). Es el mood del que no sabe a ciencia cierta lo que le espera en el camino que ha decidido caminar. Es el mood que sólo traen los cambios, las transiciones, la evolución. Es el mood tesis…