¿Somos o no somos iguales los hombres y las mujeres?
Sería necedad pretender que lo somos. Biológicamente somos distintos, hay diferencias físicas evidentes. Sin embargo, el debate no está ahí. Aún cuando el feminismo se haya empeñado en hacerlo parecer así en algún momento. El debate está en los roles que se han derivado de las diferencias físicas entre hombres y mujeres. El debate está en la desigualdad social derivada de las desigualdades físicas. Se trata de las ideas, prejuicios o concepciones que se van forjando en una cultura y que determinan lo que es el género (que no el sexo de una persona). Existen ejemplos radicales sobre la desigualdad social que se vive entre hombres y mujeres alrededor del mundo. Ejemplos que a todos nos indignan, como aquel de la familia marroquí viviendo en España que casó a su hija de 14 años con un “buen hombre” también marroquí pero que vivía en Marruecos y tenía alrededor de 35 años. La niña se negaba al matrimonio y a sostener relaciones sexuales con su después impuesto marido. La madre de la niña la obligó, porque esa era su función, impuesta por su condición de mujer y el caso sólo se supo porque la niña acudió a los tribunales españoles, acusando de violación al esposo y a la madre por haberla prácticamente vendido. También está el caso menos afortunado de una mujer iraní que vivía en Gran Bretaña, escondiéndose de su padre y su familia porque su novio no les parecía adecuado. Varias veces denunció ante las autoridades su temor a ser lastimada por su padre, que se consideraba deshonrado por el comportamiento de su hija. ¿Cuando le hicieron caso? cuando la mujer apareció muerta en una maleta. Había sido descuartizada por su deshonrado padre, que consideraba que su comportamiento no era el propio de una mujer.
Esos, sin duda son casos que nos ponen a pensar sobre los roles socialmente aprendidos. Sobre la desigualdad social extrema que enfrenta la mujer, al verse sometida a un tipo de comportmaiento específico, donde no tiene opción. Sin embargo, en la realidad mexicana hay ejemplos no menos agresivos pero también los hay mucho más sutiles de lo que implica la discriminación contra la mujer. La violencia doméstica contra las mujeres sería el más evidente, sin embargo, en el día a día se encuentran todavía muchos ejemplos. Martha Lamas, reconocida académica que ha figurado entre las grandes estudiosas del tema, lo llama discriminación individual y colectiva:
“(…)Hay presunciones culturales con gran arraigo histórico sobre su “debilidad física” (de la mujer), su “vulnerabilidad” durante el embarazo o su “papel especial e insustituible” para cierto modelo de familia. Según estas concepciones, está plenamente “justificado” el “proteger” a las mujeres, aunque ese trato encubra una real discriminación. La estructura de la propia sociedad está fundada en estas presunciones que, con el tiempo, han mostrado su carácter de prejuicios. Estos prejuicios convierten ciertos trabajos en “nichos”, dentro de los cuales las mujeres se encuentran supuestamente “protegidas”, y verdaderamente atrapadas, con salarios más bajos que los masculinos y pocas posibilidades de promoción…”
De ahí el descuido de las autoridades al atender problemas gravísimos como el de Ciudad Juárez, donde se encuentra cierto dejo de culpabilidad en las mujeres brutalmente asesinadas, porque se salían de su función al caminar solas de noche o vestidas de tal o cual manera. De manera deliberada o inconsciente, se minimiza la capacidad de la mujer para actuar por sí misma y se la piensa casi exclusivamente en su papel siempre vinculado a un hombre.
¿Dónde entra entonces la perspectiva de género? ¿A qué se refiere? La perspectiva de género consiste en reconocer que existen atribuciones, ideas y prescripciones sociales que se han construido tomando como referencia las diferencias físicas entre los sexos. Y en nuestra cultura es innegable, que dichas atribuciones han implicado tradicionalmente la subordinación de la mujer al hombre. Esta subordinación política, económica y social ha implicado a su vez, que las mujeres fueramos relegadas o limitadas en el acceso a diversas oportunidades: a educación, a trabajo, a independencia en la toma de decisiones. Seguimos viviendo en un mundo dominado por los hombres, con espacios “reservados” a hombres y mujeres en lo personal, profesional o laboral, basados en su condición biológica. Si no es suficiente el argumento por sí mismo, observen la evidencia empírica: ¿cuántos países hay? de entre ellos, ¿cuántos líderes son mujeres? O dentro del país, ¿cuántas gobernadoras en los estados de la república? ¿cuántas secretarías de estado? ¿cuántas y cuáles ocupadas por mujeres? ¿qué porcentaje de los congresistas son mujeres? O podemos hacer un ejercicio tan sencillo como tomar la página principal de cualquier periódico. ¿Cuántos nombres de mujeres hay? Si vemos el porcentaje de mujeres que actualmente cursan algún nivel de educación superior en el país, no se puede alegar falta de preparación para esta situación. Lo irónico es que las mujeres formamos poco más de la mitad de la población del planeta.
La perspectiva de género se enfoca a reconocer la existencia de estos roles socialmente aprendidos y la derivada desigualdad social. A partir de este reconocimiento, se busca permitir el desarrollo de la mujer y su igualdad de acceso a las oportunidades que tienen los hombres. El desarrollo, entendido como lo maneja Amartya Sen y que a mi parecer, se trata de una de las mejores definiciones, equivale a libertad. Y la única libertad real de los seres humanos es la de decidir. Sin embargo, no se puede decidir si no hay algo sobre lo que decidir, si no hay acceso a oportunidades. A esto es a lo que se refiere la perspectiva de género. A permitir las mismas oportunidades a hombres y mujeres. A desligarnos de los estereotipos que nos dibujan sólo como aquellas que pueden desempeñar sólo el papel de amas de casa o sólo para tener y cuidar hijos… o sólo aquellas que manipulan através del sexo para obtener favores o para escalar, ya sea a nivel profesional o personal. No se puede generalizar una conducta hacia todas las mujeres. Tampoco se trata de prohibir, vetar o sancionar a quienes desempeñan los roles tradicionalmente impuestos, al contrario, se trata de dignificarlos, darles su justo valor y permitir que sean una opción para las mujeres que decidan desempeñarlos, no una imposición.
La perspectiva de género no se refiere a pugnar por la igualdad entre el hombre y la mujer. No somos iguales. Pugna por la igualdad de oportunidades para ambos sexos. Por un mejor entendimiento de nuestras diferencias, que no implique la desigualdad social de ninguno de los dos grupos. No se trata de que las mujeres seamos mejores que los hombres o visceversa. Se trata de armonizar las diferencias. La parte más difícil es que muchas mujeres han internalizado la desigualdad social, la han hecho parte de su vida y no conocen otras oportunidades. Otra gravísima dificultad es la suma de diversos tipos de discriminación, como puede ser la pobreza, el origen étnico o la preferencia sexual. He ahí la necesidad de la promoción de una perspectiva de género. Nadie que se refiera a la mujer bajo esterotipos aprendidos está promoviendo esta armonización, mucho menos la equidad a la que se refiere la perspectiva de género.
“Un desarrollo más equitativo y democrático del conjunto de la sociedad requiere la eliminación de los tratos discriminatorios contra cualquier grupo.” (Martha Lamas, la OIT, la ONU y la CEPAL)