Señores pasajeros: Hoy volaremos a 1000 pies por debajo del Sonar


Fui al cine con Azu-cu al WTC y no he podido dejar de reírme toooodo el camino de regreso. Dejé a la Nacha detrás de unas macetas donde había unos tres coches estacionados pensando que ya eran las 10 de la noche y no estorbaba ni hacía fea la entrada, por lo cual no habría problema. Cuando regresé, la pobre tenía un candado que era literalmente como cinco veces el tamaño de su llanta. Se veía ridícula con semejante cosa y cuando les pregunté a los del valet si sabían qué procedía, no pudieron dejar de reír ante semejante abuso y repetir que “qué poca madre”. Tuve que bajar al control de seguridad para que la liberaran y cuando entré a decirle al encargado, no dejaba de reírme, y más cuando pensé que la Nachita es más pequeña que el escritorio del señor. El guardia intentaba regañarme por haber ocupado un “espacio de propiedad privada”… “¿Cuál espacio, si las macetas son más grandes que mi moto?” Le respondía. Cuando de plano vio que no me podía tomar la cosa en serio, intentó asustarme y me dijo que me iba a cobrar por quitarme el candado. “Ahhh sí, ¿cuanto le tengo que dar?” “Doscientos cincuenta pesos” “JAJAJAJAJAJAJ ¿¡¿Quéeee?!? Ni los traigo, ¿a poco creé que con semejante máquina y después de ir al cine y cenar voy a traer como para pagar eso? Mire: 150 pesos y no hay nada más en mi cartera, eso sí: con eso le lleno el tanque unos dos meses a la pobre. ¿En serio se quiere quedar con esta lana? Ya no le quedó de otra que aceptar que su bluff no había funcionado y me refunfuño el clásico “Bueno, bueno, por esta ocasión…” Crucé los pasillos aún riéndome y la poca gente que estaba por ahí se me quedaba viendo con cara de ¿¿qué le pasa a este loco??
La Señorita Profesora, toda bella ella, se voltea y, en frente de todo el salón, me pregunta con la mirada entre sus cejas y sus anteojos “So what is sexy about Japan?” Yo esperaba que me preguntara sobre el río más largo de esas islas —cosa que me angustiaba porque por alguna extraña razón, sentía que debía saber la respuesta y sufría escaneando el libro procurando que no se diera cuenta que repasaba la lectura. Ante tal provocación le respondo “Rainy season.” Me re-ojéa de manera más intensa y me interroga con un “What´s so sexy about that?” Le sonrío y de manera seca y directa le libero dos palabras y media: “It´s wet.” Ella comienza a dirigirse hacia mi mientras que el salón se aguanta la respiración y observa en shock lo que va a suceder y —justo en el tercer paso entrecruzado de dos piernas largas y sensuales que acababan en una falda corta y gris… suena el teléfono, me despierta y sigue sonando por una eternidad. Para cuando lo encuentro, no hay nadie en la línea que me pueda resolver esa duda de geografía. Me cuesta trabajo levantarme porque sé que pasaré con la interrogante en la mente tooodo el día.
“Every man should believe in something… I believe I will have another drink”
—W.C. Fields.
Definitivamente no me la han puesto nada fácil. Como primer tema de esta sección en la cual escribiré de temas que me sean sugeridos, me han pedido que redacte un texto sobre “creer en algo”. Hay tanto y tan poco que decir al respecto que no estoy muy seguro sobre por donde empezar y sospecho que el silencio sería más elocuente.
Llevo un rato dándole la vuelta al asunto y creo que lo más importante que podría decir del tema es que, al igual que la imaginación y el universo (según Einstein), la estupidez de la humanidad también es infinita. Por lo cual, no se puede ni se debe creer en cosa alguna profesada por el hombre sin antes cuestionarla. Creo que mucha gente cree en cosas por el gusto de compartir una creencia porque es una forma fácil de pertenecer a un grupo. Al fin y al cabo, todos los seres humanos quieren ser aceptados pero son pocos los que quieren ser individuos. Las verdades espirituales y científicas existen y no estoy diciendo que uno debería romperse la cabeza para demostrar que uno más uno son dos. Esto, bajo ciertos contextos, es algo muy cierto. Pero no es una verdad absoluta porque sin duda, en la mayoría de las circunstancias el total es mayor a la suma de las partes. Es indiscutible, por ejemplo, en cualquier relación social y especialmente en las relaciones amorosas.
El meollo del asunto, sin embargo, está en el sujeto gramatical que cree en algo porque la frase que eventualmente debe surgir es “YO creo en esto o aquello”. Sin el yo, las creencias no tienen ninguna fuerza y, reiterando el punto, es poca gente la que tiene individualidad y se conoce. Muchas personas podrán decir que ellos representan ciertos ideales o formas de pensar (“I stand for X or Y”, en inglés), pero no se dan cuenta de que son el mero producto de sus contextos sociales.
Hace unos días vi una entrevista a un señor que sin duda era un cineasta famoso. Nunca me enteré de quien era, pero le pedían su opinión experta sobre la calidad de las películas que produce Hollywood y él decía que prácticamente todo era una basura. Lo que más me llamó la atención sin embargo, fue la contestación que dio cuando le preguntaron qué consejo le daría a un joven que quisiera comenzar una carrera en ese medio. “Lo mismo que le digo a mi hija:”, contestó, “no sigas los consejos de nadie porque la mayoría de la gente no sabe de lo que habla”. La persona que me sugirió el tema me dijo durante la conversación que era “creer en algo, no en alguien, porque lo segundo no es muy sabio”. Quien sabe, tal vez en lo que uno debería creer es en uno mismo, pero sin olvidar el hecho de que, al ser parte de la humanidad, es propenso a poner un granito de arena en esa playa infinita de estupidez. Sin embargo, si uno se conoce, uno puede creer en las buenas intenciones que uno pueda tener y sobre ellas, depositar la buena fé.
Comenzó a amanecer, pero la niebla lamentablemente ocultaba la visión mágica del lago Léman y casi sin darme cuenta, llegamos a la estación ginebrina de Cornavin. Era muy temprano por la mañana cuando me acerqué a la ventanilla de la oficina de información para pedir datos sobre albergues y hostales. Como aún estaba cerrada, tuve que aguardar hasta las ocho. Deambulé por los andenes, observando los inmaculados trenes que llegaban, abrían sus puertas y en apenas segundos partían veloces, luego de vomitar cientos de pasajeros que pasaban raudos por mi lado, marchando con paso ligero y decidido hacia sus respectivos puestos de trabajo. Siempre en el más absoluto silencio, sin hablar ni mirar a nadie. Todos inmersos en sus propios mundos interiores o en sus dilemas y preocupaciones. Nadie parecía compartir nada. Ni alegrías ni tristezas. Un cero en comunicación para los suizos, pensé yo.
Bueh… salí a las 9 y tantos de la noche de la ciudad de México y ahora, para mi, son como las seis de la mañana con sol de las 10. He llegado a chile y debo esperar dos horas para volar a Montevideo y… este pinche aeropuerto no tiene sección de fumadores!! Ya la verdad no sé si esto es algo civilizado o todo lo contrario. Digo, después de un vuelo largo, sí se antoja un smoke y saber que aún faltan horas hasta que llegue a mi destino no me hace muy feliz. Viéndolo bien, me parece que esta sana situación es tan sensata como el hecho de que no haya carritos en este aeropuerto.
Resulta que me quitaron mi maleta de mano al abordar porque era tres centímetros más ancha de la medida oficial. Vieja maldita: todo el mundo traía maleta mucho más grande y el colmo es que yo escogí la mía precisamente porque era pequeña. Ahora ando cargando equipo extra en la espalda en lugar de rodarlo por los pasillos. Claro, si hubiera carritos en este lugar como en esos lugares civilizados… No todo el mundo necesita un carrito, así como no todo el mundo fuma pero.. Bueno, ya!… tenía que quejarme un poco… Ustedes disculparán.
Detalle del viaje: Mi madre suele decir que siempre estoy perdido en el tiempo y el espacio. Pero debo decir que está vez me ganaron y por mucho! Un brother que sin duda era judío (ropa típica) y estaba en frente de mi en el check-in se volteó y me preguntó de manera seria que si estábamos en ¿¡¿¡¿¡Abril?!?!?! Digo: está bien que no lo celebre, pero me parece que todas las luces, fiestas, ofertas, frío, vacaciones, marabunta en el aeropuerto, y uno que otro Santa lo hubiera hecho sospechar que aún no es primavera. Creo que llegó un poco temprano para su vuelo, porque fue a preguntar algo al mostrador, regresó, y huyó como si nadie hubiera visito nada aunque el punto nos sirvió de botana hasta que acabamos de entregar nuestros bultos.