Cornavin delata, ya decía yo…
Comenzó a amanecer, pero la niebla lamentablemente ocultaba la visión mágica del lago Léman y casi sin darme cuenta, llegamos a la estación ginebrina de Cornavin. Era muy temprano por la mañana cuando me acerqué a la ventanilla de la oficina de información para pedir datos sobre albergues y hostales. Como aún estaba cerrada, tuve que aguardar hasta las ocho. Deambulé por los andenes, observando los inmaculados trenes que llegaban, abrían sus puertas y en apenas segundos partían veloces, luego de vomitar cientos de pasajeros que pasaban raudos por mi lado, marchando con paso ligero y decidido hacia sus respectivos puestos de trabajo. Siempre en el más absoluto silencio, sin hablar ni mirar a nadie. Todos inmersos en sus propios mundos interiores o en sus dilemas y preocupaciones. Nadie parecía compartir nada. Ni alegrías ni tristezas. Un cero en comunicación para los suizos, pensé yo.

