Ebullición
Las ideas que traigo hirviendo no se ven bien desde aquí, este palco insensible elaborado por mi razón, intento sobrehumano de protegerme de mí misma.
Todo hierve. Hierven las ganas de ser algo más que un rumor. Hierven las ganas de entender por qué le cierro la puerta al amor y se la abro al dolor. Hierven los deseos de encontrarme en la sonrisa del otro, de escucharme en la libertad del silbido del viento, de mirarme en el infinito del horizonte más lejano.
Canta Sabina que “la mejor distancia es la mayor”. De todo suelo distanciarme menos de mí misma. Demasiado sola, al fin, demasiado egoísta. Demasiado conciente del espacio que ocupo, de la mirada que atraigo y el silencio que provoco. Quisiera perderme de vista, para poder hacer lo que se me dé la gana y luego contármelo tomando un café. Los arrepentimientos duelen, pero saben mejor por acción que por omisión.
A veces grito con la boca. Pero casi siempre lo hago cuando quiero que no me escuchen. Si te grito con la boca casi siempre es de dientes para afuera. Para adentro es diferente. Entonces sí quiero que escuches, que sepas que cuando te miro así, o cuando te toco asá, se trata de un grito ahogado “mírame”, “entiéndeme”, “búscame”, “quédate”, “créeme”. Pero ese tipo de grito duele, con las manos y los ojos y las cejas levantadas que se cansan de brincar para encontrar tu mirada. Y además tenía que ser 28. Todos los 28 pasa algo. Son siempre los días en que reacciono. Puedo calcular que dos más ocho son diez, y diez es uno a su vez. Y uno es uno mismo que se encuentra en el vacío preguntándose pepinos envueltos en materia gris. Qué más da si lo logro o fracaso, ya bien dijo Keynes: “en el largo plazo todos estaremos muertos”. Casi podría apostar que mi muerte será un día 28. O por lo menos así me gustaría. Me inquieta el futuro, porque creo en el progreso. No estaría donde estoy si me hubiera creído mi realidad. Jamás me desayuno el presente, mejor lo guardo en una bolsita para sándwich, y lo echo en mi bolsa para que se me olvide comerlo. Casi siempre me repito que no me lo comí porque el futuro sabe mejor, y así conservo mi apetito. A veces parece que son ganas de seguir viviendo. Aunque, otras veces, más parece impaciencia por morir deprisa. Ahora todos hablan de los solteros. Por alguna razón se ha vuelto interesante estudiar al individuo que decide vivir como nació, o empezar a ensayar qué se siente morir. Porque al final se nace solo, y se muere así. Alguna extraña manía por renunciar a los esfuerzos de “curarse” de esa angustia lleva a los solteros a aceptarse como eso: existencias finitas. Quizás por eso hiervo… y tal vez sea por eso que no se decantan las ideas. Toda ebullición conlleva la esperanza de una total evaporación.
Anido muchos miedos en mis carcajadas. Introduciendo mis actos a una licuadora me los bebo azucarados. Todo parece más leve desde una copa de malteada. Con esa espumosa capa de vanidad se esfuman los plomos de la responsabilidad y la conciencia. Aunque también la credibilidad y la profundidad se evaporen con el relleno de las burbujas, de pronto es como si yo también lo hiciera. Liviana, insignificante, prescindible…
Es obvio que semejante vagabundez social llama la atención. Es irremediable el morbo hacia la fetidez autocomplaciente. Inspira a quienes carecen de autocrítica.
Esta súbita verborrea comienza a ponerse pesada. Hablo mucho, tal vez, para no escucharme tan seguido. O quizás para evitar ese momento molesto, en que el otro despierta de su distracción para encontrar la fuente del silencio. No quiero ser vista, y por eso me mantengo bajo el reflector.