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Hagamos algo: no me des tu nombre, no me digas dónde trabajas ni qué marca es tu pantalón. Bebe conmigo y canta, no me digas nada más.
Permite que te tus brazos me cuenten qué tan fuerte sueles abrazar. Deja que tu canto me platique qué te gusta hacer. No interfieras… déjame observarte.
Haré lo mismo, y al final, estaremos agradecidos por tenernos la confianza de intentarlo, de querer conocernos así, sin etiquetas.
En ese agradecimiento cabe, por lo menos, una semilla de amistad.