Carlota
Llegaste hoy por la mañana, a la hora del desayuno.
Creo que, como venías en un sobre, no notaste mi piyama, mi cansancio, mis ojos agotados de tanto trabajar para mi tesis.
Y qué bueno…
Porque en cuanto te ví, olvidé todo lo malo, cerré los libros y las angustias, y quise sacarte a pasear. Correr por las calles de San Angel, ver a todo el mundo comprando artesanías, collares, aretes, botanas… Ir por unos tacos, para reírme de tí cuando pruebes la salsa picante.
Si te hubiera llegado mi carta, tal vez nos hubiéramos podido tomar de las manos. Te mandé mis manos aquélla vez… una por lo menos, una mano de amistad.
Sí, me molesta, pero no importa. Hoy nos vamos a ir a tomar el sol, para que tu cerrito favorito se conjugue con el empedrado colonial y las arrugas de las calles de San Angel.
Unos chicharrones con limón y salsa, luego unos tacos al pastor, luego un agua de horchata (y yo una de tamarindo)… y luego toda la tarde en mi casa viendo la tele y criticando a la paupérrima farándula mexicana, o mirando películas para quedarnos dormidas después de haber comido como marranas.
Y así, mañana, cuando abra los ojos, habrás vuelto al sobre. Pero no importa, porque por un instante pudimos reírnos juntas.
Y la vida es sólo una colección de instantes.