Mi Navidad
Mi navidad fue muy breve. Cociné todo el día… sobró más de la mitad. Extrañé a mucha gente, y pasé una de las cada vez más raras noches con mis padres. Venga, navidad es sólo una vez al año.
La máxima en cada sobremesa es la crítica inter generacional. ¿Será que es nuestro destino valorarnos como superiores a nuestros descendientes? Caray!, después de todo si lo somos, es porque así lo quisimos. Nosotros formamos al futuro del país, de la familia, del mundo. Hemos caminado hacia atrás, tal vez.
Pues aunque el “bote pateado” sea lo máximo, y los bailes y el lenguaje de ahora no sean como antes, en definitiva ni todo eso logró desarrollar en los ancestros una excelente conversación.
Pero no quiero caer en los errores del “pasado”, criticando a cualquier otra generación que no sea la propia.
Definitivamente no disfruté tanto la comida. Tengo en casa más turrón que el que haya visto cualquier gachupín. No he probado más de 5 gramos. No quiero engordar, pero siempre termino engordando… . Arroz, bacalao, sopa de almendra… gran comida. Cero apetito.
A todo esto, ¿por qué solía gustarme tanto navidad? El tráfico es infame, no puedo llegar a mi casa porque hay tantos autos estacionados en la calle principal que casi no cabe mi chevy; los precios son absurdos (¿acaso todos los consumidores tenemos cara de pen…?), los regalos nunca son lo que deseamos (desde que dejé de hacer cartita a Santa Claus dejé de obtener lo que quería…), hay en el aire más espíritu consumista y de compromiso social que de verdadera fraternidad o humildad. No, definitivamente no consigo entender cómo o cuándo aprendí a entusiasmarme por la época de “felicidad y amor” navideños.
Yo la paso en casa, evitando salir. La comida sigue siendo buena, pero no los kilos que me deja de recuerdo. La televisión nunca es opción, duele más la cabeza de verla que de ver el sol de frente. Me compré un libro: El Código Da Vinci. He leído poco esta semana, pero promete.
Una buena idea, un buen propósito de año nuevo sería no repetir el esquema ya desgastado e insensato que representa la tragedia decembrina. Mejor me consigo un buen lote de pelis de terror, compro muchos doritos y rancheritos con salsa y limón, y tengo pesadillas el resto de la noche.
AH! no es pesimismo, lo prometo. Es sólo la gana de rebelarme contra la neurosis que provoca el desvivirse por gastar cantidades irreales de dinero en regalos que nadie aprecia, o de perder todo un día en la cocina preparando platillos que nadie va a probar. De todas formas hace mucho ya no creo en Santa, y en el catecismo nunca me dijeron que Jesús se ofendería si no le traen regalo.
Que se queden en el tráfico los que no tienen nada que hacer con su tiempo libre. Que compren a lo idiota los que tienen mucho que empeñar en enero. Yo, en primera, he dejado de sentirme “americana” en mi manera de festejar. Y en segunda, me ha dejado de gustar la tradicional lucha de morir en el intento de tener una navidad decentemente estereotipada.
Viva la diferencia!