Misha
Misha sería una niña con sueños de princesa barbie. Desde chica le gustaron las muñecas, y buscaba en sus tías la manera más elegante de sentarse y de comer. Con un juego de té que le regaló la hija del jardinero ensaya cómo se toma el café con sus amigas… doncellas de su reino. Quiso ser la más hermosa, la más feliz.
Los sueños de una niña son siempre color de rosa… más que un cliché, es realmente una forma de ser, de ver. Misha no entendía por qué sus primas vestían de negro, por qué su mejor amiga siempre usaba blue jeans, por qué Barbie necesitaba algo más que sus zapatos rosas y su bolsa de piel… rosa, por supuesto.
Creo que la explicación llegó precipitadamente. Hacía falta que saliera al jardín, con Barbie y sus tenis rosas para que Daniel la encontrara. Dos años mayor, él siempre buscaba llamar su atención. ¿Quería sólo eso el día que tomó la Barbie y la tiró al suelo? ¿Buscaba atención cuando pateó la muñeca y jaloneó por el brazo a Misha, dejándole un tremendo moretón? ¿Estaba su megalomanía escondida entre las bragas de Misha?
Seguramente eso es lo que él pensó cuando le metió la mano grosea y sucia… Misha tardó días en llorar. A Daniel le tomó un segundo correr hacia su casa, de la que se mudó dos días después.
Derrumbar un castillo no es fácil, aún si se trata de uno hecho de sueños infantiles color de rosa. A Misha le tomó un rato deshacerse del suyo. Eventualmente, el color negro invadió su armario. La elegancia se volvió un estorbo, y las doncellas se tornaron colegas de ron.
Daniel le robó su reino, y ahora lo busca en las esquinas. Han pasado más de cien Danieles, pero ninguno traía consigo la disculpa, o el arrepentimiento… pequeñeces que a veces consiguen eregir palacios en mitad del infierno.